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Trail Running España

Al día siguiente no corrió nadie….

30/08/2019
Al día siguiente no corrió nadie - principal

Nuestra colaboradora Raquel González nos escribe este fantástico relato corto titulado “Al día siguiente no corrió nadie” basado en un hipotético escenario ficticio en el que, sin previo aviso y sin una razón lógica, toda la población mundial dejase de correr

Al día siguiente no corrió nadie

Al día siguiente no corrió nadie, y como si de una novela de Saramago se tratara, la más previsible realidad se vio alterada por este inesperado suceso, que, si bien no parecía suponer peligro alguno, ni podía calificarse de emergencia. Pero albergaba en sí mismo una inquietante anomalía de la que ni las más despiertas memorias daban razón.

Ni revisando hemeroteca, ni libros de historia, ni tan siquiera de ficción, encontrábamos que hubiera acontecido en la historia de la humanidad. Desde que el mundo es mundo, ya sea traídos hasta aquí por el evolucionismo o sacados del Edén a patadas. Pues el hecho es que hemos corrido desde los orígenes, ya fuera por cazar o no ser cazados.

Y no nos engañemos…

Que por más aire lúdico y vueltas que le demos (ya lo disfracemos de afición o reto) seguimos huyendo como nuestros ancestros para no ser devorados. Ya sea como lo quiera llamar cada uno, por las fauces del tiempo, los pensamientos existencialistas, el sopor de la rutina o los depredadores imaginarios. Huyendo en definitiva, de nosotros mismos o cazando sueños.

Así, en aquel fatídico día amaneció el parque desierto. Solo los perros más madrugadores tirando de sus amos, con la inquietud perruna del que olisquea y no encuentra, y agudiza el oído y no alcanza a escuchar los sonidos familiares. Entre ellos un bóxer con cara de pocos amigos que busca colaboración para sus pesquisas con un pequeño terrier que gira desconcertado sobre sí mismo.

 – ¿Los hueles? ¿Puedes oírlos? – Le pregunta, en lo que vendrían siendo dos ladridos cortos y uno largo. – ¿Dónde están los corredores?
– ¿Los hueles? ¿Puedes oírlos? – Le pregunta, en lo que vendrían siendo dos ladridos cortos y uno largo. – ¿Dónde están los corredores?

Este frenesí de canes alerta a los dueños

Pues ni el más espabilado de los instintos humanos puede compararse en eficacia al de nuestros compañeros de cuatro patas. Y así, los primeros ciudadanos que se percatan de la apacible rutina truncada, empiezan ahora ellos a girar sobre sí mismos. Casi a olisquear también, aunque no alcanzan a ver ni sombra de corredor. Ni los de zancada fácil y armoniosa, ni los de paso corto y fatigado, que castigan el asfalto en cada pisada.

Empiezan a reagruparse comentando la circunstancia, humanos y perros hablando y ladrando al unísono la misma anomalía. Se unen otros más dormilones, crece la multitud y se eleva el tono de la asamblea en proporción directa a la confusión creciente.

La misma escena se va viendo repetida. Con las alteraciones horarias y los matices que dan al cuadro las diferentes costumbres humanas y perrunas. Desde Central Park al cauce del Turia y desde El Retiro hasta Vincennes. Y no hay ronda de circunvalación, parque, vereda o barranco que no acuse esta repentina ausencia.

Transcurre este día más lento que cualquier otro

Como si la falta de sprints y marcas personales hubiera paralizado no solo los cronos, también el devenir del tiempo, ralentizándolo y extendiéndolo en longitud, profundidad y densidad hasta hacerlo excesivo. Nunca 24 horas abarcaron y pesaron tanto, sin las típicas salidas a trotar para estirar un poco. Sin los grupos en la montaña con sus CA-CO (caminar-correr) antes del almuerzo o sin la habitual estela colorida de farleks, series y cuestas.

Al día siguiente no corrió nadie
Al día siguiente no corrió nadie

Y es que da igual cuándo avise y cuándo llegue la tragedia. Siempre encontrará a alguien absorto en sus quehaceres diarios. Sin verla venir quede por momentos noqueado, sumido en un período oscuro de ensordecedora incertidumbre en el que malgasta de forma inefectiva su energía.

Así permanece la humanidad durante estos plomizos días de parálisis, hundida en la confusión y la duda, con políticos que aparecen y desaparecen tras continuas contradicciones en las que caen a medida que improvisan explicaciones inverosímiles.

Las primeras 48 horas aventuran la poco probable casualidad

Por primera vez desde que se tiene registro de datos, el descanso semanal del planeta haya coincidido para todos los corredores en este día. Nadie preveía que fuera a pasar a la historia por un hecho tan extraordinario.

En las siguientes 24 horas son tantas las teorías de los entendidos en las áreas más dispares, que los ciudadanos tan pronto escuchan sobre posibles configuraciones planetarias, que leen sobre interpretaciones proféticas o confabulaciones de poderes fácticos mundiales, que dan síntomas de extrañas pandemias.

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Comités de expertos, gabinetes de crisis y comunidades de científicos, se dan cita en sucesivos días en maratonianas sesiones (valga la paradoja). Disertando en busca de la causalidad de los hechos, la génesis, el suceso o confluencia de incidentes que han precipitado a esta inusual quietud. Barruntan consecuencias y se empeñan, sin descanso, en creativas soluciones a fin de poner de nuevo en movimiento a los cerca de 370 millones de corredores del mundo.

Al día siguiente no corrió nadie
Al día siguiente no corrió nadie

Transcurre la primera semana sin entrenamientos

Y llega el fin de la misma para confirmar la magnitud de lo acaecido. Sábado y domingo asoman sin despertadores que pongan en pie de madrugada a nerviosos deportistas para que se preparen, fieles a concienzudos rituales. Rayando lo patológico en su obsesiva revisión de arrugas en los calcetines y nudos en los cordones de las zapatillas.

Despierta el día festivo, sin voluntarios repartidos por los senderos de montaña, entregados a pasar frío o calor o las dos cosas según la hora, tan pronto cargados con garrafas de agua o cortando cientos de plátanos, como animando a unos corredores y consolando a otros.

No salen los clubes a marcar los pasos, ni escobas a cerrar los caminos. Sin alfombras rojas, ni arcos de meta, ningún petardo de salida, ni repicar de campanas en los pueblos. Pasa de largo la ilusión de tantos, atravesada por el silencio de batucadas en las avenidas de las ciudades. Sin las voces de los speakers enmudecidas y fotógrafos inmortalizando la naturaleza estática. Sin sonrisas ni rictus de dolor, sin sudor. Incluso sin fotos de postureo.

Y más allá de no atronar el Higway to Hell

La única cuenta atrás que se pone en marcha es para la supervivencia de los fisioterapeutas, reparadores físicos, nutricionistas y psicólogos del deporte. Para los diseñadores de ropa técnica, bastones, y mochilas (todo ultraligero), para los de los pulsómetros y cintas reflectantes. Para las empresas de geo-localización y las de los dorsales.

Y más allá, el silencio de las redes sociales despobladas como las calles. Sin los inventarios de kilómetros y ritmos y fotos certificando los entrenamientos, sin enhorabuenas a campeones, máquinas y cracks. Ni una crónica de valientes espartanos a punto de desfallecer. Ni agradecimiento a familiares y amigos que cual fervientes fans realizan el seguimiento del corredor animándolo durante horas y a veces días.

Al día siguiente no corrió nadie
Al día siguiente no corrió nadie

Y aún más allá, los desaparecidos: mujeres y hombres cabizbajos que arrastran sus pies como si de cada sufrida hora de técnica de carrera no recordaran nada, dispersos en la angustia de sus pensamientos como si todo el entrenamiento mental hubiera sucumbido a la amnesia.

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Sin objetivos, errantes consumidos en la ansiedad de no visualizar sus carreras, no marcar fechas en el calendario, no dedicar los kilómetros a las buenas causas y al cruzar la línea de meta, no mirar al cielo, brazos en alto, lágrimas en los ojos y en la mente el pensamiento de esa promesa cumplida, o de esa persona querida que se fue como se van todos los que amamos, antes de tiempo.

Sin confianza

Sombras de los que corrían allá donde fueran, siempre con las zapatillas preparadas en una maleta, cuando eran creyentes de fe inquebrantable. Ahí van, desorientados como en una carrera sin balizar, filas interminables que sucumben al miedo de su
peor pesadilla, la de no volver a correr, y se agolpan frente a consultas de médicos y psicólogos y según casos, de curanderos y hasta videntes, en busca de un porqué, un cómo, un hasta cuándo que nadie parece conocer.

Dice una canción que “en cada final hay una marca desde la que volver a empezar”. Esta marca apareció al sexagésimo tercer día en el Levante. Donde una mujer a la que nos referiremos con el pseudónimo de “Eva“, por estar llamada a convertirse en la primera mujer en la creación del nuevo mundo de neo-runners. Sigue estupefacta ante las noticias de estos días. Perpleja ante el televisor, sin adjetivos suficientes de asombro e incredulidad.

Se asoma a la ventana a intervalos regulares para comprobar una y otra vez, que la calle que asciende hacia la emblemática peña que custodia el pueblo, sigue desierta. Ya sea la hora que sea, que hasta de noche en un absurdo intento de agotar su insomnio, acude a la ventana para caer en la certeza de la más completa oscuridad. Sin las luces de frontales que tantas noches ha visto desaparecer por detrás de los naranjos de los últimos huertos, para luego resurgir a unos cientos de metros marcando la senda que se alza zigzagueando en continuo ascenso.

Acude a la ventana para caer en la certeza de la más completa oscuridad
Acude a la ventana para caer en la certeza de la más completa oscuridad

Es Eva, mujer de carreras de fondo en su día a día

Sin haber calzado nunca unas zapatillas, ni saber si es pronadora o supinadora, ha batido récords sin aplausos y escasos avituallamientos. Ha superado muros que amenazaban su pequeño mundo con la determinación del compromiso y el descubrimiento en cada paso, de nuevas formas de avanzar. En definitiva, con la sabiduría que ha movido desde el inicio de los tiempos lo que parecía inalterable y puesto en duda los dogmas más incuestionables.

Porque todo hallazgo, conquista o invento, desde que un simple Homo erectus decidiera caminar erguido, hasta nuestra Eva, viene precedido de una mente que se cuestiona: ¿qué pasaría si…? Y esa pregunta es la que trae la esperanza en una mañana de abril. En contra de los “no puedes”, “nadie lo ha conseguido”, “es imposible”, Eva se pregunta: – ¿Qué pasaría si… yo, contra todo pronóstico, empiezo a correr?

Y esta pregunta que se formula con la fe de un conjuro mágico, cambia el devenir, pone en jaque la tiranía del destino, reviste de fortaleza a la protagonista, y como si de una súper-heroína se tratara, le confiere el súper poder de la confianza.

Sale al camino por el que tantas veces ha visto pasar corredores, porque no es ni pronto ni tarde, es el momento. Y casi minimalista, evocando a los que éramos en edades primigenias, solo equipada con sus sensaciones, cede a ellas.

Toma posición de salida.

Realiza su propia cuenta atrás.

Y corre.

Al día siguiente no corrió nadie
El día siguiente no corrió nadie

Deja fluir su ser tras las señales del viento. Su mente, sus emociones y su paso corren tras ese sentir. Impulsados en la dirección única y precisa que marca el compromiso de recuperar la libertad.

Lo hace posible. Corre porque cree que puede y por los que no pueden. Corre con la certeza de que siempre habrá alguien que correrá por ti cuanto tú no puedas

¡¡NO SEREMOS LOS MEJORES, PERO ENTRE TODOS SOMOS LOS MÁS MOLONES!!

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